Caminaba despacio, no sabía a donde me dirigía, sólo quería caminar. Sentir esa brisa acariciar mi piel, esa brisa de otoño que te hace sentir escalofríos. Pisaba aquellas hojas marrones caídas de los árboles, después de haber recibido aquellos rayos de sol en verano. Ahora estaban tiradas por el suelo, los árboles necesitan renovarlas, ahora, en estos tiempos en los que no reciben tantos nutrientes ni tanta luz. Yo también necesito de esos cambios, necesito que los momentos cambien, mi vida necesita algo de acción.
Seguía caminando por aquel césped verde sonando el “crack, crack” de las hojas
del suelo, hasta que vi en un banco a una chica acostada en él, tapada con una manta. Me acerqué a ella y observé que estaba sonriendo y sus pupilas por debajo de sus ojos se movían lentamente. Estaría soñando algo alegre
. Quise acercarme un poco más y “crack”, abrió los
ojos. Se despertó.
–
¡Hola!
–
le dije sonriendo. Ella se sobresaltó y cayó su almohada al suelo.
–
Tranquila, no pasa nada, ¿por qué duermes aquí?
–
le pregunté recogiendo su almohada. Ella no contestó, recogió su manta y quiso quitarme la almohada, pero no se la di, la escondí tras mi espalda.
–
Dámela, por favor, que me tengo que ir… –
dijo por fin sonrojada.
–
¿Por qué tan rápido? Aún no me has contestado a mi pregunta…
–
Siempre vengo aquí a despejarme, y a descansar… –
dijo sonriendo. En su cara se le dibujaban los hoyuelos, de esa sonrisa tan preciosa que tenía.
–
Esto no es justo…
–
¿Qué no es justo?
–
Que llevo aquí viviendo ocho años y te encuentro justo ahora, durmiendo en un banco y tapada hasta la nariz en este parque tan alejado. Ella no pudo evitar sonreír, después paso a reírse, hasta terminar a carcajadas.
–
¿Por qué te hace tanta gracia? Es verdad, esto no es justo… –
sonreí. Era evidente que se había reído porque no sabía qué contestar.
–
¿Puedes devolverme mi almohada?
–
¿Y si te digo que no? De repente, se tiró hacia mí, pero me aparté y cayó al suelo. Salí corriendo y ella se levantó y empezó a perseguirme. Cuando me paré, cansado, faltándome el aire, se abalanzó otra vez hacia mí, y caímos rodando por una cuesta. Caímos de tal forma que yo quede encima suya.
–
¿Estás bien?
–
le pregunté.
–
Sí…
Nos quedamos mirándonos durante un rato, y poco a poco me iba acercando a sus labios…
–
¿Te puedes levantar? Es que me estás haciendo daño en la pierna.
–
Interrumpió.
–
¡Ah! Claro
–
me levanté y me sacudí la tierra. Ella hizo lo mismo. Empezamos a subir la cuesta y recogió su almohada. Cuando llegamos al banco, estaba su manta en el suelo y nos llevamos la sorpresa de que en ella, había un cachorro, durmiendo.
–
¡Ooooh! ¡Pero mira que monada!
–
dijo ilusionada.
–
Es un labrador
–
dije. Tenía un color dorado y era muy pequeño.
–
Mi raza de perros preferida.
–
¡La mía también! ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?
–
Pues no lo sé… Supongo que estaría perdido buscando a su madre y encontró tu manta. ¿Qué hacemos con él?
–
Yo no puedo quedármelo, mis padres me matarían. No quieren animales en casa. ¿Podrías quedártelo tú?
–
No hay más remedio, no podemos dejarlo
aquí…
–
Por cierto, no nos hemos presentado. Yo soy Helen, encantada.
–
sonrió con el cachorro en brazos.
–
Yo Leo, un gusto en conocerte
–
y nos dimos la mano. Sentí cómo mi corazón se aceleraba y noté que no me quitaba su mirada celestial de encima, hasta que la miré y apartó la vista al cachorro y empezó a acariciarlo. Vi en ella algo que me llamaba la atención.
–
¿Me dejarás verlo todos los días que pueda no?
–
me preguntó como si fuera amatarme.
–
Por supuesto que sí
–
reí
–
Ahora me acompañas a mi casa y de paso te aprendes el camino
–
me quedé pensando
–
¿No lo harás por saberte mi dirección con la excusa de visitar al cachorro no?
–
No imbécil, no seas tan creído
–
su cara había tomado un brillo especial.
–
Hola cachorro, soy Leo y esta fea de aquí
–
dije señalándola a ella
–
es Helen, espero que sepas perdonarla por no quedarse contigo.
–
y me dio un puñetazo en el hombro
No hay comentarios:
Publicar un comentario