Vamos a jugar a un juego. Se necesitan dos participantes, aunque en ocasiones la crueldad de las circunstancias te invita a hacerlo en solitario. Consiste en estar enamorado.
Al principio hay que encomendarse al azar de los dados, como los valientes. Quién no arriesga, no gana. Es ahí cuándo, con fortuna, las primeras casillas se tornan un camino de rosas. Sin embargo, la partida es más larga, avanza, y más de una vez los dados chocan. Pero le restas importancias, amas.
Y lo dejas correr mientras que, fricción a fricción tu ficha se desgasta y ya no protagoniza jugadas tan efectivas. Pero amas, necesitas a tu contrincante, alguien contra el que enfretar tus labios, para seguir el juego; y aceptas, aunque duela, que su juego tiene que considerarse tan válido como el tuyo.
Como todo en la vida, la partida tiene fin. Y todo depende de que los jugadores quieran jugar otra, y otra, y otra. Juntos. Hasta el infinito. Yo he sido jugador empedernido, ludópata del amor, y mi ficha ya no está preparada para partidas así. Pero amo, y hasta que sea una partícula, la ficha seguirá siendo ficha. Por favor, no la consumas más. Quiéreme como yo te quiero.

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