Mucho más que unos simples planes.


Erase una vez, un chico que al despertarse ya estaba planeando lo que haría en la mañana, lo que haría para comer, lo que haría por la tarde. Planeaba lo que haría al día siguiente, planeaba la hora a la que se despertaría, y nunca fallaba, se despertaba siempre a la hora que ponía. Planeaba lo que haría el próximo mes, el próximo año, planeaba todo.
Un día, iba caminando por la calle. Miró hacia el suelo y vio una servilleta no muy sucia, la levantó, la sopló y sacó de su bolsillo un lápiz. Empezó a escribir en ella: "Nunca me enamoraré de nadie". Dobló la servilleta y la dejó en el suelo, sujeta con una piedra, pensando que así, el destino no podría fallarle nunca y siempre, todo lo que planeaba, saldría siempre como él lo quería.
Lo que nunca sabría este chico, es que al día siguiente chocó por accidente con una chica. Esta chica cambió su mundo, lo revolvió todo, el cielo pasó a ser el suelo que sostenía sus pies, las nubes le susurraban palabras al viento, los días no eran horas, las horas no se medían en minutos, y los segundos pasaban eternamente cuando perdió de vista a aquella chica. Cada mañana no se despertaba a la hora que ponía el despertador, no se cumplían sus planes de los próximos días, de los próximos meses, de los próximos años...
Se había dado cuenta de que, la vida era mucho más que unos simples planes, era mucho más que unas palabras escritas a lápiz en una servilleta de papel sucia, sujeta al suelo por una piedra, desafiando al destino. La vida no era lo que él planeaba, la vida era el presente que perdía mientras lo planeaba todo. Se dio cuenta de que la vida enamoraba a las personas al azar, enamoraba a las personas por destino o por que ella quería enamorar a su manera. Nunca más volvió a planear nada. Al mismo tiempo, agradeció al destino, a las estrellas, al cielo y a las nubes por haberle hecho darse cuenta de su error y haberle puesto en su camino a aquella chica, a la que siguió viendo y enamorando cada día un poco más, 
para siempre.

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